En el contexto actual, la sostenibilidad empresarial se ha consolidado como un eje estratégico fundamental para la competitividad y la permanencia de las organizaciones en el mercado. Actualmente, el desempeño corporativo ya no se evalúa exclusivamente con base en indicadores financieros, sino también a partir de su impacto ambiental, social y de la solidez de sus estructuras de gobierno corporativo, en concordancia con estándares y lineamientos internacionales como la norma ISO 26000 (International Organization for Standardization [ISO], 2010).
Este enfoque responde a un entorno global caracterizado por mayores exigencias regulatorias, un creciente interés de los inversionistas en criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG), y una mayor conciencia social frente a la responsabilidad de las empresas en el desarrollo sostenible (United Nations, 2015). En este sentido, la sostenibilidad permite a las organizaciones generar valor a largo plazo, fortalecer su reputación corporativa y mitigar riesgos asociados a su operación, al tiempo que contribuyen activamente al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).




